Discapacidad: Una experiencia personal

Personas deficientes, minusválidas, tullidas, inválidas, taradas, disminuidas, subnormales, anormales, dependientes, personas con capacidades diferentes, con diversidad funcional o discapacitadas son algunos ejemplos de palabras que se usan o se han usado para referirse a una persona con discapacidad. 

Según la RAE, discapacidad significa situación de la persona que por sus condiciones físicas o mentales duraderas se enfrenta con notables barreras de acceso a su participación social. Yo no estoy muy de acuerdo con este significado, pero de mis desacuerdos con la RAE tendríamos que hablar en otro momento… Lo que está claro es que las personas con discapacidad nos enfrentamos a barreras, muchas de las cuales no son visibles.

El pasado viernes 3 de diciembre fue el Día Internacional de las Personas con Discapacidad y hoy quería hablar un poco de mi experiencia personal.

Cuando pensamos en una persona con discapacidad es fácil que nos venga a la mente alguien en silla de ruedas, con un bastón y un perro guía o incluso alguien con síndrome de Down.

Esto se ve con facilidad y poco a poco se va aceptando con más naturalidad por parte del resto de la población. Pero, ¿qué hay de aquellas personas cuya discapacidad no se ve a simple vista? Aquí no pretendo crear un conflicto entre los distintos tipos de discapacidad (hay tanta variedad en tipología, grado y afectación como personas en el mundo), pero hoy me gustaría poner el foco en aquellas discapacidades que pasan desapercibidas al ojo desentrenado. 

¿Qué tenemos en común todas las personas con discapacidad?

Todas nos enfrentamos a retos, algunos los superamos, otros no podemos. Por mucho que queramos, por mucho que lo intentemos, por mucho que luchemos, no podemos con todo. Aunque posiblemente esto, en cierta medida, se pueda aplicar también a personas sin discapacidad. 

¿Y qué nos diferencia?

Desde mi punto de vista, lamentablemente una vez más, tu nivel socioeconómico es de vital importancia: Que puedas o no adaptar tu hogar, que tengas o no acceso a una persona que te asista y te ayude a salir de tu casa (incluso de tu cama), que tengas acceso a la última tecnología que te facilite la movilidad, la accesibilidad, la comunicación o que puedas pagar o no una terapia (fisioterapia, psicología, logopedia, terapias sensitivas, equinoterapia…), depende de que tu familia pueda brindarte estos lujos. Lujos que pueden marcar la diferencia entre vivir aislad@ del resto del mundo o formar parte de él.

Por eso, ni todas las discapacidades son iguales, ni todas las personas con discapacidad viven su discapacidad del mismo modo.

Mi experiencia personal

Recién cumplidos los 18 tuve un accidente de tráfico que fácilmente podría haberme costado la vida a mi y a otras tres personas. Salí del hospital con una escayola en el brazo y dando gracias por sólo haberme hecho añicos la mandíbula.

Fue cuando me quitaron la escayola que se dieron cuenta que algo no estaba bien. Me había dañado los nervios lo cual me impedía poder mover el brazo como antes. Ese accidente me dejó como recuerdo una discapacidad. Cosas que antes hacía sin pensar, ya no podía hacerlas.

Después de años de fisioterapia, especialistas y tribunales médicos, pasé a ser minusválida (entonces era así como se nos llamaba).

Me costó aceptar mi nueva vida, aunque he de reconocer que soy de las privilegiadas. He estudiado lo que quería y llevo ganándome la vida con ello desde hace 22 años. Soy capaz, con mayor o menor éxito, de hacer la mayoría de las cosas que me propongo. ¡Incluso esquío con cabestrillo!

Soy independiente, en pocas ocasiones necesito pedir ayuda. A pesar de todo esto, he de reconocer que sólo recientemente he empezado a hablar de mi discapacidad abiertamente. 

Mi discapacidad no es visible a simple vista y con el tiempo vas aprendiendo trucos que la hacen aún menos visible. Creo que esto me ha facilitado ocultarla, posiblemente por miedo a que el resto de la gente dudara de mis capacidades.

Quizás también por evitar ese juicio que he podido sentir en ocasiones, como si mi grado de discapacidad no fuese lo suficientemente severo para ser reconocida como persona con discapacidad. En ocasiones, ciertas miradas, me han hecho sentir como una estafadora a pequeña escala. 

Con todo esto no quiero decir que querría una discapacidad más visible, nada más lejos de la realidad. Creo que soy una persona con suerte y me siento agradecida. Pero no todo el mundo lo tiene fácil. Gente que a simple vista no parece tener nada pero que vive su día a día con dolores indescriptibles. Muchas de estas personas han pasado por quirófano más veces que todas las personas que conozco juntas. Otras no pueden trabajar. Muchas son dependientes. Y estoy casi segura que todas han sentido el juicio de gente que creen que se quejan más de lo que deberían o que hacen menos de lo que podrían. 

Hay muchísimos tipos y grados distintos de discapacidad. Incluso dentro de un mismo tipo y un mismo grado, las circunstancias personales de cada un@ pueden marcar la diferencia. 

Creo que el primer mensaje que me gustaría transmitir hoy es que no definamos a las personas por su discapacidad. Yo soy mujer, hermana, feminista, lectora, fisioterapeuta, amante de los animales, enófila… y discapacitada. Todas esas palabras me describen, pero no me definen como persona.

Mi segundo mensaje es que no todas las personas con discapacidad son fácilmente reconocibles. Debemos aprender a ver a estas personas, a tenerlas presentes, a no juzgarlas, porque nuestro juicio habla más de nosotr@s que de ell@s. 

Tod@s formamos parte de este mundo y en nuestra mano está que tod@s nos sintamos incluid@s. Practiquemos la amabilidad, el respeto, la paciencia, la comprensión, la empatía y la inclusión.

Hagamos visible lo invisible. Hagamos de lo extraordinario algo ordinario.

Ángela Hernández

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